Cuando las hadas lloran

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Cuando las hadas lloran, todos los ríos del bosque se desbordan y los árboles se ponen mustios también… y es que a las raíces pasar tanto tiempo a remojo no les hace nada bien.cascada-molino-del-infierno

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Pocos saben que cuando las hadas están tristes gastan todas sus energías en producir enormes raudales de lágrimas y debido a ello pierden todas sus energías, sus alas se arrugan, su risa se congela, se esconden en el hueco de un árbol y ni sus mejores amigas sirven de consuelo. Lloran día y noche.

Aquel día salí a pasear por el bosque cuando algo llamó enormemente mi atención. El bosque estaba empantanado y avancé con cautela tremendamente sorprendida. Cada vez había más zonas encharcadas. Jamás había visto tanta agua junta y por causa de la lluvia no podía ser, pues no había llovido desde hacía mucho tiempo. En algunos tramos me tuve que descalzar y arremangarme los pantalones. Así, a medida que avanzaba me encontré con un tremendo alboroto: los árboles estaban fuera de si, corrí a subirme a una piedra desde donde observé perpleja lo que estaba sucediendo. Era evidente que la situación era dramática.socorro

Algunos árboles emprendieron la huida,nosotros-nos-vamos

otros discutían enérgicamente acerca de la mejor solución,discutiendo

Otros, atrapados,  extendían sus manos suplicando ayuda,ayuda

Otros más iracundos gritaban ¡basta ya de llorar!,para-ya

Otros se aferraban a las nubes en busca de salvación,salvacion-en-las-nubes

Otros que aún no se habían percatado de la situación de emergencia, asomaban la cabeza preguntando qué es lo que ocurría,asomando

Otros iniciaban ritos atemorizantes,ritos

otros se resignaban y aguantaban como podían,resignado

otros se transformaban en llorones dragones.dragon-lloron

Hasta las hormigas improvisaban paraguas…hormiga-paraguas

De pronto un pequeño movimiento me llevó a dirigir la vista hacia un árbol hueco en el suelo. Entonces la vi… era un hada. En ese momento comprendí el motivo de aquellas terribles riadas.en-el-hueco-del-arbol

Estaba tendida en el hueco de un árbol. No estaba sola, pero aparentemente su acompañante no conseguía sacarla de su letargo. Yacía sin fuerzas, tan sólo sus lágrimas parecían no tener fin.

Volví a casa rápidamente con la intención de volver mejor equipada, pero ya oscurecía, por lo que tuve que aplazar la nueva visita al bosque. Aquella noche no conseguí pegar ojo. ¿Qué sería lo que hacía llorar de aquel modo al hada?

Regresé al día siguiente con unas botas de agua dispuesta a averiguar qué era lo que le ocurría a aquella triste hada. Me senté a cierta distancia dispuesta a pasar el día allí y observar con detalle cada uno de sus movimientos. Por fortuna ese día no estaba acompañada y eso me iba dar más pistas, puesto que de ese modo ella no necesitaría disimular nada y se comportaría con más naturalidad.

Era temprano y aún parecía dormir, pero al poco rato unos rayos de sol toparon con su tronco de árbol y comenzó a desperezarse. Casi me pareció apreciar un atisbo de sonrisa en su cara cuando entró en contacto con el suave calor del sol. Se desperezó y se sentó dejando colgar los pies por fuera del tronco. Una mariquita pasó cerca de sus pies y ella estiró su dedo gordo en lo que parecía ser un intento de caricia. Y entonces la vi sonreír. La mariquita se detuvo un instante a modo de agradecimiento y continuó su camino.mariquita

De pronto el hada, en un gesto de desánimo, encorvó su espalda y se llevó las manos a la cara cubriendo sus enormes ojos. Y entonces lo sentí,  sentí que quería esconderse del mundo.

El mundo siempre le había parecido algo increíblemente bello, todo a su alrededor había tenido hasta entonces un encanto especial, hasta que un día descubrió que se sentía sola. Terriblemente sola. Ansiaba un alma gemela que percibiera el mundo del mismo modo que ella, alguien a quien el corazón se le encogiera con las mismas penas, alguien a quien el corazón le brincara con las mismas tonterías, alguien que blandiera la misma espada, perdón, la misma varita mágica y le ayudara a hacer funcionar la suya de nuevo. Su varita mágica perdía luz, se debilitaba. Y con ella su valentía. El miedo empezó a cobrar protagonismo en su vida. Y  hasta se olvidó de soñar. Ni tan siquiera se daba cuenta de que los mismísimos árboles estaban huyendo.

Un bosque sin árboles… pensé. ¡Eso no puede ocurrir!

Lo más fuerte y poderoso del bosque huía porque aquel hada que cada noche volaba de uno en uno para darles el beso de buenas noches, ya no tenía fuerzas. Aquella que  antaño los protegió, los cuidó y tanto los amó, dejó de soñar y perdió la esperanza. No tenía ganas de luchar, se sentía cobarde. Olvidó toda la lucha que había librado a lo largo de su camino. Cerró los ojos a su entorno y comenzó a llorar impotente.

¿Qué fue? ¿Qué fue lo que le hizo cerrar las puertas a la belleza y esconderse a llorar?

Su fortaleza, pasión por la vida  y sentido del humor se desvanecían.

Hasta que de pronto algo llamó mi atención. Había visto una mariquita, si,  pero… ¿dónde estaban los demás animales?

¡Eso era! Faltaban los animales. Sus amigos los animales, que para ella eran su gran familia, se estaba marchando.

Ya, pero… ¿por qué se marchaban los animales?

¿Una maldición?

Tras varios intentos conseguí acercarme y hablar unos minutos con ella, trató de huir, pero yo le grité que necesitaba ayuda, el bosque se moría y yo no lo podía soportar. Aquellas palabras cambiaron su expresión, detuvo su vuelo a ras de suelo y se aposentó junto a un árbol.junto-al-arbol

Apenas le salía un hilo de voz, no tenía ganas de hablar, pero unos pocos minutos fueron suficientes. Ella no tenía recetas para mi.

– ¡Salva el bosque!  Fue lo último que escuché antes de que se desvaneciera entre unos helechos.

Al menos ya tenía una idea de lo que ocurría. Se había dejado apabullar por el hombre y su ansia de poder. El hombre se llevaba todos los tesoros del bosque y ella luchaba por impedirlo. Pensaba: “está bien, esas flores te las puedes llevar, pero será la última vez.” Y el hombre volvía siempre a por más, ella no sabía cómo defender su bosque, le ponía trampas por el camino, enviaba a sus amigos los animales para intentar desviar su camino, pero no conseguía que desistiera. Y así, a la par que las flores desaparecían, poco a poco el cansancio comenzó a hacer mella en ella. Para completar su desolación, los animales también comenzaban a echar en falta plantas y flores y emprendían un peregrinaje en busca de bosques mejores. Aquel hada cada vez tenía menos amigos con los que contar y la cobardía empezaba a instalarse en su ánimo. Las pocas hadas que quedaban en aquel bosque también se habían marchado.

Se sentía tremendamente agotada, se sentía derrotada.

Al marcharme de aquel bosque pude ver cómo algunos animales emprendían su viaje y sentí una inmensa lástima. ¡Yo también amaba aquel bosque!

Huían hasta los caracoles y escarabajillos,

Las aves se peleaban por los árboles que quedaban,pelea-en-el-arbol

Otras morían de pena…la-pena

Las huellas no dejaban lugar a dudas. Todos se iban.lahuella

Pobre hada. El agotamiento… ese que termina provocando interferencias en nuestra capacidad de actuar, que merma nuestro ingenio, que nos roba la energía que nos da el entusiasmo, que nos hace sentir ese peso en los párpados hasta que los cerramos y ya no podemos ni queremos ver…

Pero aún había esperanza. Aquel hada aún tenía los ojos abiertos. Tan grandes los tenía que le sería más costoso cerrarlos. No está todo perdido si aún pudo ver a la mariquita y sonreír, pensé.

Las pocas flores que quedaban también empezaron a percibir su debilidad y se fueron marchitando una a una a toda velocidad. El panorama era desolador.

Y la solución no parecía fácil. Pero había que luchar. Y el primer paso era seguir poniéndole las cosas difíciles al hombre. La Naturaleza tiene un gran poder. Todos tenemos un gran poder, solo que a veces hay que trabajar duro para que el sentido común aplaste al disparate.

Había que empezar por algo sencillo, algo que requiriese atención, cariño, cuidados y dedicación diaria.

Compré una maceta de margaritas para dejarla delante de su casa y me hice con un surtido de semillas variadas. Por alguna razón estaba segura de que le gustarían las margaritas. Me volví a enfundar las botas de agua y al día siguiente regresé al bosque.img_0830

Me agaché junto a su tronco de árbol, el hueco estaba tapado con musgo. Pssst… te traigo flores y algunas semillas. No contestó, pero yo seguí hablando bajito.

Siémbralas a tu alrededor. Cuídalas, ayúdalas a crecer, a florecer, hazlas fuertes, haz que se reproduzcan. No dejes que nadie pise tu rinconcito de flores. Amplía el círculo poco a poco hasta ir abarcando cada vez más terreno.

Recarga energías por la noche. No malgastes las horas en lamentos. Trata de dormir, piensa en tierras fértiles, en grandes árboles protegiendo la vida que alberga tu bosque, en nuevas flores brotando a su alrededor. Has de estar fuerte, pues mañana hay que trabajar.

No más oportunidades a quien pisotea las flores.

Planta unas semillas, búscalas, cómpralas, pídemelas… da igual. Empieza de nuevo. Crea vida. ¿Se estropea? Comienza de nuevo. En algún momento aparecerá la fuerza suficiente como para decirle al hombre que tendrá que cultivar su propio jardín.

Y si el tiempo y la razón así lo disponen, tal vez hasta llegue el día en que podáis intercambiar semillas.

Y llegue o no llegue ese día, al menos tendrás una batalla ganada. El calor y la energía habrán vuelto a tu vida. Tu varita mágica volverá a iluminar tus oscuras noches.

Me levanté  y emprendí despacio el camino de vuelta. Volví la cabeza un par de veces, más ella no asomó en ningún momento.

Cuando ya quedaban pocos metros para dejar atrás el bosque y alcanzar el claro con la vereda que me llevaría de nuevo a casa, me di cuenta de que parecía oscurecer de pronto . Volví la vista hacia el bosque. No oscurecía. Era sombra. La de los árboles que comenzaban a regresar. No solo eso… Mis botas ya no salpicaban agua al caminar. Alguien había dejado de llorar.rayo-de-sol

Pasaron algunas semanas y decidí volver al bosque. Había estado aguantando el impulso, tenía miedo de encontrarme con alguna decepción.

Me subí a un árbol para tener mejor campo de visión desde lo alto. Lo primero que llamó mi atención fue la presencia de un hada sentada sobre un tronco. Buena señal, pensé contenta.hada-bosque

Encontré el  bosque espléndido.

Pero lo mejor estaba por llegar.hada-margaritas

Para todas esas hadas que de vez en cuando revolotean no muy lejos de nosotros y de vez en cuando nos envían un destello de luz que no siempre es un guiño a la alegría, a veces es una llamada de socorro. No las perdáis de vista.

Sin hadas no hay bosques. Sin bosques no hay cuentos. Ni sueños, ni vida.

No me da tiempo (a vivir)

Pero vamos a ver… ¿Qué hacéis el resto de los sapiens?

O mejor dicho: ¿a qué dedicabais antes  vuestras horas digitales?

¿Os da tiempo a vivir entre tanta información?

El día que decido sentarme con tranquilidad a mirar cosas en mi PC, mi Facebook o en mi móvil, se me hace de noche en un abrir y cerrar de ojos. Para colmo termino frustrada porque no consigo terminar de verlo todo y en ocasiones me gustaría hacerle algún comentario a alguien, ah, pero si me contestan me veo obligada a contestar y no puedo seguir mirando otras cosas. Las consecuencias casi siempre iban en detrimento de mi salud: dormir menos de lo que necesitaba.

Tras casi un año con el Facebook cerrado por diversos motivos, me animé a volver a intentarlo. Esta vez más disciplinada, echando un vistazo rápido a las primeras publicaciones que me aparecían y entreteniéndome sólo en aquellas que realmente consideraba que me aportarían algo positivo. Aún a riesgo de que alguien se pudiera sentir ignorado por mi. Pero he conseguido al fin acostarme más temprano, leer un libro en la cama antes de dormir y descansar mejor gracias a haber desconectado mis neuronas con más antelación.

Y es que en una jornada normal dedico un tiempo a:

Leer correos electrónicos (cada vez menos, por cierto)

Mirar FB.

Echar un vistazo al periódico digital.

Vistazo a Instagram. Publicar en el Instagram de la floristería de mi hija.

Otro rato dedicado a la web de fotos.

Otro vistazo al  blog de un par de amigos.

Una vez o dos en semana atender el Pinterest de la floristería.

Todos los días publicar algo en el Twitter de la floristería.

Los mensajes de Whatsapp.

Un vídeo del nacimiento de un elefante, un vídeo crítico con el gobierno, poemas, fotos y más fotos, historias de tragedias varias, escribir otro rato en mis tres blogs… Hay muchas cosas que me gusta ver, pero no me es posible.

Y pese a que lo hago, quiero más tiempo para salir al monte, hacer fotos, bizcochos, ayudar donde puedo, escuchar música, hacer algo de ejercicio, hacer manualidades. Pero necesitaría de más horas. ¡Socorro! No me da tiempo a hacer todo lo que quisiera. Y todo esto sin tener que ir a trabajar.

¿Y las “horas digitales”? ¿Qué hacíamos antes con ellas? ¿En qué las empleábamos? ¿Cómo os organizáis los que tenéis que ir a trabajar?

Veo madres caminando por la calle por delante de sus peques con las narices metidas en el móvil sin enterarse de qué es lo que hacen, ni si le están dando su merienda a un perro, ni de las batallitas del cole que les van contando. Veo empleados de la limpieza en las calles apostados en una esquina contestando Whatsapps, he tenido que esperar a que me atendieran en comercios, centros oficiales, taquillas del tren, etc. porque estaban ocupados con el móvil, parejas cenando sin conversación alguna… pero si hasta mi propia madre whatsapea mientras habla por teléfono conmigo (que se oye, mamá) :)))

Esto siempre ha existido, sólo que ahora hemos perdido el control. Recuerdo haber oído a personas contar como en plena conversación telefónica con sus charlatanas madres, dejaban con sigilo el auricular en la mesa y se iban a la cocina a remover el guiso.

¿Me repito? Si, me repito.

Sé que al menos dispongo de más horas que muchos, pero no sirve de mucho consuelo.

Se nos va el tiempo de vivir, de compartir, pero no en las redes, sino en el mundo real.

Por fortuna aún me queda tiempo para ver. Yo me voy a acordar de tu cara, pero tu de la mía no.

Voy a darme cuenta de que tus ojos están vidriosos, aunque ya no sabré discernir como antes si es por el cansancio de mirar una pantalla o si estás triste y necesitas un abrazo.

Pero tu nunca sabrás si yo necesito un abrazo, porque tan sólo me recordarás por la sonriente foto de mi perfil y pensarás que mis días están siempre llenos de fiesta, aventuras y postureo.

¿Hace cuánto que no has visto en persona a tus amigos? ¿Hace cuánto que no les preguntas cómo están? ¿De verdad te fías de todas esas fotos de momentos divertidos? En la vida hay algo más. Creerte que todos son así de felices como en las fotos con las posturitas de moda, acabará creándote la sensación de que tu eres menos feliz. Y no es cierto. Detrás de todas esas fotos hay una vida real. Con sus muchos ratos felices, pero también con sus preocupaciones y miserias. Puede ser divertido verlo, pero no es la vida real. Tan sólo es una parte de nuestra existencia, divertida, claro, pero la más superficial.

Comparte. Comparte. Si, pero no en el mundo virtual. Comparte vida real.

Prueba a usar el teléfono para lo que sirvió un día y después déjalo en casa. Llama a los tuyos para dar un paseo, tener una interesante o divertida charla, tomar un café, hacer terapia o reír en compañía y no frente a una pantalla. Disfruta de la expresión de un rostro de verdad, de una sonrisa de verdad. Los ojos tristes necesitan de sonrisas reales. Y tu ya ni tan siquiera sabes si son los tuyos los que están tristes, porque los selfies no te devuelven tu imagen real. Es el espejo en la soledad de tu cuarto de baño el que te está esperando para decirte la verdad. Ese espejo al que ya sólo te miras de refilón porque tienes prisa. Acaba de entrar otro Whatsapp.

¿Necesitas emociones más intensas? Las alegrías ganan en intensidad en compañía y con las penas ocurre lo contrario, pierden intensidad cuando son compartidas. A qué esperas…

¡Corre! Sal a la calle, VIVE. Porque un día, cuando menos te lo esperes, tu espejo del baño te retendrá más tiempo del esperado y entonces encontrarás frente a ti a un desconocido.

Recupera tus sentidos. Vuelve a escuchar tu respiración. Levanta la vista. Comparte un atardecer. Siéntate a ver a la gente pasar. Siente la vida vibrar. Olores, sabores, colores, risas, llantos, amores… emociones de verdad que se nos escapan sin darnos cuenta.

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Recupera la vida lenta.

Un primer paso podría ser inaugurar tu día semanal sin móvil.

Yo ya lo he hecho.

 

 

 

 

 

De uñas y refrescos

Andaba yo una vez más tren para allá, autobús para acá, metro hacia el otro lado… en fin, esos días en que no sabes cómo, pero aparecen “planazos” que le tienen a uno las semanas de un lado para otro.

De nuevo una de esas salidas en las que me ocurren cosas inesperadas.

Esta vez volvía de hacer de acompañante en un hospital y salí de allí abotargada por el calor. Agradecí el aire fresco en mi cara al poner el pie en la calle y caminé lo más rápido que pude hasta la boca de metro, pues aún tendría que hacer un transbordo y llegar a tiempo hasta la estación de donde partía mi tren hacia casa, tren que por otra parte circula sólo cada hora, de modo que me urgía llegar a tiempo.

Para variar, siempre que tengo prisa ocurre lo mismo, se trataba de una de esas estaciones con tramos y tramos interminables de escaleras mecánicas. Y claro, como casi siempre, me toca subirlas o bajarlas corriendo.

Una vez llegada a mi andén me tiré desesperada al primer hueco libre que pillé en uno de los bancos. ¡Uf, qué gusto sentarse después de la carrera! Descubro al momento que hay paros laborales y que los trenes circulan con algo menos de frecuencia. Aaaay…, bueno, descansaré mientras.

Sentado en el mismo banco en el otro extremo, un chaval de unos 11 años recién salido del colegio y acompañado por su madre que le provee de un bocadillo y una botella de agua. La madre se pasea por el andén y el chaval se dispone a abrir la botella. Tal vez por la grasa del bocadillo, no sé, pero el caso es que la botella se le escurre de las manos y cae sobre el banco, que de inmediato se llena de agua y mis pantalones también acaban salpicados. El agua se queda a cierta distancia de mi, por lo que sigo sentada y ante la preocupada mirada del chaval, intento tranquilizarle con una sonrisa y un “no te preocupes, al menos sólo es agua”.

Se acerca la madre que acaba de darse cuenta de lo ocurrido, me pregunta si me ha mojado, coge al chaval y se van a la otra punta del andén. De modo que ahí me quedo yo de avisadora oficial de que el banco ¡está mojado, oiga! ¡está mojado! Y es que no sé qué pasa… la gente se tira a los asientos sin mirar. Bueno, claro, con el móvil menos aún…

Así que al menos en tres ocasiones me tocó advertir a los despistados de que no les convenía nada nada sentarse ahí.

Observo a una chica aproximarse en mi dirección. Otra más, pensé. Pero parecía dirigirse demasiado en mi dirección. Ficha rápida: mujer grandota, auriculares puestos, chupa-chups en la boca, bolsas y más bolsas de compras colgando de ambos brazos y un bote de refresco en la mano.

Efectivamente, se dirige a mí: ¿me podrías abrir la lata? me dice alargando la mano con el refresco hasta mí.  ¿?  Se lo hice repetir, pues no estaba segura de haber entendido bien. La segunda vez me quedó claro, pero también tenía claro que podía abrirla ella si quería, pues las bolsas colgaban de los brazos y tenía la otra mano libre. Mi desconcierto me llevó a preguntarla si es que no podía ella, la verdad es que ya hasta empecé a pensar si no habría alguna cámara oculta por ahí.

Sin reparo contestó mientras me extendía la mano que le quedaba libre: “es que resién me puse las uñas”.  ¡Aaaaaa! No me lo podía creer. No fui capaz de decir nada, tomé el bote, tiré de la pestaña y se lo devolví.

Cuando ya llegaba el tren y me dirigía a él, volvió a acercarse y me dijo que esperaba que no me hubiera molestado. Nono… ¡tranquila!

Y entré en el vagón pensando divertida en cómo se las ingeniaría con las bolsas, el chupa-chups y el refresco.

Y pensar que yo no me comí mi porción de Quiche en la silenciosa y llena de gente sala de espera del hospital, porque al empezar a desenvolver el paquete aquello hacía un ruido endemoniado.

Maldije tanto plástico y tanto papel ruidoso y volví a guardarlo con el mayor sigilo del que fui capaz.

Aunque, claro, también es probable que después alguien escuchara en algún momento mi estómago rugir de hambre.

Las hay que tienen las cosas muy claras.

Claro, que también las hay que tienen las manos hechas un desastre, las uñas cortadas al ras y entusiasta de morderse los padrastros. El sentido del tacto es una necesidad vital, necesito poder tocarlo todo sin impedimentos, sobre todo en la Naturaleza. Las uñas largas siempre las consideré un obstáculo. Tal vez  por eso no lo entendí.

De cualquier modo, dudo que se me hubiera ocurrido pedirle a nadie que me abriera la lata del refresco. Otra cosa es pedir un favor cuando realmente es una necesidad.

¿En qué categoría entran esos comportamientos? Naturalidad, cara dura, comodones, listos, prácticos, desfachatez… o tal vez la que se equivoca soy yo. Tal vez la timidez, el arraigado no molestar o el que dirán me estén cerrando puertas.

Y claro, en ese caso entraría en la categoría  de las que se quedan sin comer por tontas.

Aunque pensándolo bien… ¿no son después ese tipo de personas las que al final acaban riéndose y aprovechándose de la buena voluntad de los demás? Hartos de verlo estamos con todos esos políticos en los que depositamos nuestra confianza, por poner un ejemplo de actualidad. No me apetece nada parecerme a ese tipo de personas.

Así que realmente pienso que, rugido de estómago más o menos, de tonta nada, un poco más feliz en cualquier caso.

¿Anticuada? No lo sé, tampoco me importa. La experiencia me ha demostrado que la filosofía del saber estar me ha aportado más beneficios que perjuicios.

Continuaremos pues abriendo latas de refrescos ajenos sin perder la sonrisa.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fiambreras por Nochevieja

¿Le tenéis pánico a las comidas familiares? ¡Nosotros sí! Y no porque tengamos problemas de convivencia, nada más lejos…

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– ¿Dónde vas con esas fiambreras?

– A cenar a casa de la suegra.

– Ah, que cada uno aportáis algo a la comida…

– Nooo, cada uno se lleva SU comida.

– ¿?

– Ya, es que…

Es que acabamos todos de los nervios cuando llegan estas fechas y toca planificar menú.

¿ Tú no?

Vale, tal vez no en todas las casas, pero a medida que nos vamos haciendo mayores empiezan a aparecer problemillas.

A saber, en nuestro círculo:

Alergia salvaje al aguacate y a casi todas las frutas.

melon

Alergia a algunas setas.

setas

Intolerancia al gluten.

pan

Vegetarianos.

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Anti-verduras.

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Repelús ante la presencia de grasas.

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Que si a uno no le gusta el salmón, la otra aburrida del sorbete de limón todos los años, que si la cebolla da gases…

En otras familias habrá otras tantas situaciones, alergias varias,  veganos,  insaciables,los que padecen del estómago, diabéticos, bebedores compulsivos, otros a régimen…

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Mención aparte merecen aquellos a los que parece que todo les da lo mismo, desganaos que dicen que no tienen hambre o que aquello no les gusta o lo otro les sienta mal, pero no paran de meter el tenedor o la cuchara en plato ajeno ¡más de una vez! porque, oye, pues no está mal esto…

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Y al final ya toca pique y se nos escapa un ¿pero no decías que no te gustaba?  o ¿no decías que te sentaba mal por la noche?

Todo se acaba resolviendo, pero se nos ocurrió que podría ser divertido que para el año que viene cada uno se lleve su menú en la fiambrera. ¿Quién se atreve a proponerlo?

Pero no vale meter el tenedor en el mío , ¡eh!

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Agujeros…

Hacía tiempo que no me surgía alguna incidencia en mis ya conocidos viajes en autobús.

Hace ya algún tiempo que los autobuses que utilizo para ir a Madrid no siempre tienen disponible dispositivo para introducir el billete y validarlo. Oí comentar que iban a desaparecer, imagino que con la idea de que todos utilicemos tarjeta magnética. Yo sólo lo utilizo una o dos veces por semana, de modo que lo que más rentable me sale es comprar un billete de 10 viajes. El problema es que cuando no hay máquina para validar el billete dentro del autobús, el conductor saca su aparatejo y ‘clac’, agujerito.

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¿Qué ocurre? Pues parece ser que si el agujerito no está en el lugar adecuado, a partir de ese momento la máquina ya no contabiliza el número de viajes cuando pico, o sea, que hago 12 o más viajes y nadie se entera. Para ello el conductor, cuando ve alguien con un billete como el mío, enseguida evita que lo valide en la máquina y saca su taladradora. Normalmente es un ¿me permite?

Hace un par de días subía distraída al autobús con mi billete en la mano más pendiente de la cantidad de personas que había dentro y ya estudiando dónde me podría sentar, cuando una voz alta y clara me dice: ¿Tiene agujero? … ¿Qué?  ¡Que si tiene agujero! Volvió a repetir más alto.

¡El billete! Ah, claro, el billete… pensé.

Una vez más iba sola y no tenía con quién compartir risas.

¡Un poco de delicadeza, oiga!

 

 

 

AY, QUÉ RICOS LOS BESOS

 

Tanto emoticono, tanto enviar besos, besazos y besitos virtuales de acá para allá…

¿Pues no nos estamos poniendo un poco pesados? Si la mayoría se quedan perdidos por ahí en la maraña de la “web” sin ser realmente saboreados por los que los reciben. En los últimos años se ha puesto de moda el mandar besitos a cualquiera por teléfono, e-mail, whatsapp, etc., sin pensar realmente si estamos siendo sinceros. Ha acabado por convertirse en muletilla para terminar una conversación, igual que ese odioso “venga” como despedida, que contagió a medio mundo en sustitución del hasta luego o el adiós.

No tengo nada en contra de los besos, mentiría si dijera lo contrario, nada más delicioso y reconfortante que un beso y un abrazo con sentimiento.

Los abrazos y los besos no sólo vale enviarlos, hay que darlos. A amigos, pareja, hijos, a   tu mascota… a quien sea, pero sentirlos de verdad.

A veces se hace necesario romper la barrera del pudor que nos impide mostrar los afectos a terceros, pero merece la pena el intento. Con los hijos y la pareja también se termina llegando a una rutina de descuido, pero con éstos es mucho más sencillo volver a tomar las riendas. Así lo hicimos nosotros hace unos años y es altamente recomendable. Nos pusimos deberes.

Cada día al entrar en la cocina me aguarda uno de los mejores momentos del día. Y no es el desayuno, que es una de mis debilidades.

Cada mañana comparto unos instantes de paz consistentes en un gran abrazo y unos ricos besos. Unos momentos de lo más reconfortantes, solo que lo curioso es que fue planificado. ¿Ficticio? No, no, de eso nada. Tras muchos años de relación de pareja, descubrimos que las ocupaciones y prisas diarias habían reducido en alguna medida esos momentos. Y un buen día dijimos: ¡eh, eh! ¡que nos estamos distrayendo de las buenas costumbres!   Y puesto que hay amor, pues hay acuerdo. ¡Esto no puede quedar así!

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Todos conocemos esas situaciones. Entrar por la mañana en la cocina cargada con la ropa para meter en la lavadora, beso fugaz, buenos días, qué tal has dormido… o salir corriendo de casa a tomar el autobús con un beso de refilón de despedida.  Así que hace unos años establecimos la “obligación” de mantener una disciplina de abrazos. Ya puede estar el agua para hacer el café hirviendo a borbotones, que lo primero es lo primero. Habrá más el resto del día, pero el día hay que empezarlo reconfortado.

Hay que poner los abrazos mucho más en práctica en nuestra vida diaria, ya nos lo vienen recordando últimamente.

¿Cuántos besos damos distraídamente y de refilón? Si, si, esos de los buenos días rutinarios, los de los encuentros, los de las despedidas… ¿pero hay más? Claro. Los del amor. A nuestras parejas, hijos, padres y hermanos. Pero aún esos, con el paso del tiempo se terminan dando por inercia, rutina, rápidamente y olvidándonos del sentir.

Abrazarnos más, mirarnos más a los ojos para no olvidarnos de leer en ellos estados de ánimo y saber que hoy el abrazo habrá de ser un poco más largo. Ponte deberes.

Y si estoy distraída…me lo pides 🙂

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¿Y si ahora te muestro mi verdadera cara?

Vivimos un teatro. Nada nuevo. Todos lo sabemos.

Todo surgió a raíz de sorprenderme a mi misma pronunciando un inglés lamentable. ¿Por qué?  Si he tenido la fortuna de tener buenos profesores y la ventaja de tener como segunda lengua materna el alemán, que me facilitó el pronunciar correctamente… Por supuesto que no pronuncio como para presumir, pero siento que es bastante más aceptable que lo que escucho por la calle. Bueno, y que lo que me escucho a mi misma en ocasiones.

Es terrible, pero cada vez me ocurre más. No con nativos, ahí  me esmero al máximo. Me ocurre con amigos, conocidos, etc. Palabras sueltas o el nombre de algún grupo de rock o cantante. Decir por ejemplo “jevy” por heavy. Esa “J” que sustituye a la “H” y que casi nadie se libra de pronunciar.  O decir “Espringstin” en lugar de Springsteen. ¿Pero es que alguien ve una “E” escrita delante de las “S”? Pues resulta que me descubro diciendo esas cosas. ¿La razón? Creo que el problema está en que me horroriza parecer pedante. Tan sencillo y tan tonto. Tan TONTA. ¿Pero no son estas actitudes más típicas de adolescente?

E indago un poco más hasta preguntarme ¿y cómo soy yo realmente? Pues soy como en casa. Como la mayoría. Nuestro hogar es nuestro refugio, donde realmente nos podemos permitir ser 100 % nosotros.

¿Y fuera de casa? ¿Cómo soy fuera de casa? Pues supongo que la realidad es que generalmente un batiburrillo de varias cosas. Depende de con quién y dónde esté. Así de claro. No se comporta uno en la oficina igual que de fiesta. No se dirige uno igual al empleado trajeado y encorbatado de la oficina bancaria que a la chica que nos pregunta por la calle cómo llegar a algún sitio. Me doy cuenta de que en lo tocante a la lingüística me adapto de maravilla a distintos niveles, sin embargo debo llevar algún gen por ahí perdido de algún antepasado macarra que me ha dejado un poso con el que, para rematar, me siento confortable.

El surtido de palabrotas que pronuncio a lo largo de una jornada en mi casa probablemente sorprendería a más de uno, pero por alguna razón me parece mucho más divertido. No alarmarse, eso no se traduce en una menor sensibilidad.

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Me gusta escribir, me gusta leer y me gusta ampliar mi vocabulario. Sin embargo en muchas ocasiones dejamos de emplear un lenguaje rico y variado por prejuicios. A veces por modestia, vergüenza, no querer llamar la atención, por ganarnos simpatías… Todos sabemos modificar mejor o peor los términos que empleamos para adaptarlos a cada circunstancia.

Puedes dirigirte a un empleado del almacén de distintas maneras:

“Puedes emplear la carretilla, no obstante, si deseas acarrearlo personalmente hasta su destino, he de advertirte que el recorrido no está exento de riesgos. Una vez llegado a tu destino deposítalo con suavidad sobre el pavimento,  pues no sería deseable que esta maniobra te desencadenara una lesión.”

O bien:

“… Usa la carretilla si quieres, pero si lo quieres llevar por narices tu solo, ya sabes que te la juegas. Ah, y no tires el paquete de golpe al suelo, a ver si lo vas a joder.”

Lo normal es un término medio, pero entre ellos y habiendo buena relación, utilizarían la segunda opción.

Queda muy bonito decir que alguien es auténtico, pero no puede ser. Se puede ser íntegro en cuestiones de principios. Otro tema es el carácter. El amable auténtico lo es en todas partes, el alegre siempre lo llevará consigo y al cascarrabias siempre se le verá el plumero. Nos queda la categoría hipócritas, que son los que bordan cualquier tipo de papel unas veces con éxito y otras no.

Resumiendo, el funcionamiento que me ocupa es el que entra en la categoría del “saber estar”. La capacidad de adaptarse y encontrar el punto medio para llevar una convivencia pacífica y armoniosa. De ese modo, la preciada y reconfortante  sonrisa llega por si sola.

¿Mi verdadera cara?

La que te ofrece una sonrisa a cambio de la tuya.

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